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Letras

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Letras,

Lugares Comunes

Hoy dormiré sonámbulo de cuentos,

desierto de fantasmas

porque te tuve cerca.

Cerca.

Estrujando fuerte hasta el último de tus alientos,

alargando poemas que no se me han venido a la cabeza,

saboreando abejas de multicolores formas en tus labios technicolor,

en tus manos de galaxia,

en tu ombligo lunar rodeado por aire,

 vaho mortuorio,

vaho de nacimiento

que  mece hoy los sueños-poetas,

Que me hacen mover las manos,

que me hacen no dormir

no pensar más que en tus ojos de río,

 cruzados por un puente;

 puente rojo de toro

de pradera de olivo,

de musa que sueña en el olvido

y cae.

Despierta y vuelve  para inspirarme,

para no dejar vivo cada minuto de la madrugada que termina,

que se alborea en tono sepia casi fuego,

casi plomo;

 como tus ideas que caen en forma de cabellos absolutos,

de fuegos absolutos,

de verdades absolutas.

Y te veo aquí,

justo en frente;

 sentada bebiendo verdes,

dejando ir vientos y venenos funestos,

verdades desiertas de noche,

 ¡De mi noche!

 En la que estallo como un cohete con dirección desconocida,

con vapor desconocido.

La musa localizada en el zapato-volante,

ese que cae entre túneles sin anticipar su aterrizaje

y quita el sueño,

quita todo, dejando estelas…

Hoy dormiré sonámbulo.

Hoy dormiré con los ojos abiertos para ver si consigo verte

 y proyectarlo con mis ojos en la pared contigua,

para dibujarte a tamaño natural,

verte despierta

y clarear esta mañana que me susurra…

Hoy dormiré sonámbulo y despertaré inquieto;

contento de saberme vivo,

de saberme completo.

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Letras,

Notas para después

En la radio suenan los Rolling, afuera llueve y titubeo sobre escribir esto; no se si será un diario o una bitácora de viaje o simplemente un cuaderno mas que se llenara con versos que no podrás ni tu ni nadie volver a leer.

Sera un drama de tres actos con pistas circenses descubiertas y desempolvadas, la travesía de cartas escritas en claustros de monjas que nunca vieron tus ojos, que no alcanzaron tus manos.

en unas horas habré cruzado el atlántico y con ello el cuévano, la ciudad de los túneles y a ti. En especial a ti. Sobre todo a ti. A veces me parece una parodia la manera en la que el destino juega a convertirnos en santos y nos desconcierta con encuentros fugaces en los que parece se cierran círculos; calan en tabla rasa.

Los altavoces anuncian el vuelo, llevo la gabardina de viento por si es necesario saltar del avión.

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Letras,

Interlude 95

Intente sacarte estornudando, me enferme de gripe para ver si con el reflujo te me ibas, tosí hasta quedarme ronco, rasgue la voz, me quede mudo pero no morí, no te fuiste.

No saliste…

bac
Letras,

Sobre lo Inevitable

Seguiremos aceptando lo común, los buenos partidos y los domingos en pijama. Seguiremos en esa mesura absoluta que nos impide respirar a nuestras anchas, recordando la noche, el día o la tarde tumbados en un colchón con las posibilidades desnudas, con todo eso esperando un evohé salido de nuestro cuerpo.

Seguiremos esperando las ganas o que se nos acumule un poco de polvo y quedemos enterrados.

Tu en esa orilla y yo acá en la lejanía.

Te escribo a mil.

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Letras,

Delicado

Estoy escribiendo mucho, me acuerdo de mi pueblo y de esas notas inconclusas que te leía, esos garabatos de novela de aventuras. Mientras tu y yo hacíamos las propias en un cuarto simple. Sin mas ropa que la piel, sin mas rostro que los besos que nos dábamos y que se convertían en prestamos, créditos innecesarios con los que adquiríamos el cielo. Estoy ficcionando  un personaje como tu, con piernas largas y un cabello de caída libre, no logro dibujar bien tus pechos, imagino entonces que no los vi tanto, que no los bese tanto…que no los tuve tan míos.

Escribo y me sale espuma, como a Vallejo.

Delicado.

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Letras,

LAS CARTAS QUE NO LLEGARON

Es todo verdad, incluso lo que no es verdad

 

 

UNO

 

 

Estoy a treinta mil pies de altura cruzando el océano, a mi lado una mujer rubia se acomoda constantemente en el asiento de clase turista, da saltitos como para embonar y hacerse parte de él. Frente a mí, el billete de embarque, un libro de notas y la cáscara de una fruta procesada casi sintética que ahora te dan como desayuno.

 

Acomodé el asiento porque según parece estamos por llegar al destino. Es el vuelo veinte setenta y cinco de Air France, han pasado quinientos sábados de no verte. Me gusta pensar en la posibilidad de que estas notas se conviertan algún día en una carta suicida extendida, en un cuento de encuentro o que por lo menos llegue a tus oídos que me publicaron algo en algún lugar. No te imagino de ningún modo leyendo esto, ni ninguna otra cosa. A lo lejos se ve el amanecer parisino. Los cafés estarán preparando las cargas y calentando las maquinas de vapor para servir apenas el Sena se comience a poblar de turistas tomados de la mano. Aquí arriba es diferente, en las butacas no existe ningún gesto más allá de la mueca de proximidad a la muerte, a la mala fortuna, al sobresalto de saber que han abandonado algo irreparable, que no hay retorno una vez las llantas y sus toneladas de peso toquen el suelo.

 

Los focos con la señalética de seguridad se encienden y desde cabina el piloto afrancesado en un inglés básico ordena ponerse el cinturón, algunos lo dejamos suelto como si esperáramos salir disparados cual proyectiles por alguna de esas miniventanas. La sobre cargo de nombre Teresa se acerca y a regañadientes me convence que sigo siendo joven como para perder algún diente con el aterrizaje.

 

Me acuerdo de tu pelo y esos nudos dorados que solían hacerse apenas y los tocaba. Éramos jóvenes y poco importaban las marañas del cabello cuando en la mente surcábamos los mares más embravecidos, ha comenzado la turbulencia normal de la llegada. Movimientos con los que te recibe la tierra; una madre furiosa por haberla abandonado. Tiembla.

 

La única noche que dormí contigo pude oler por fin tu pelo al amanecer, escuchar esa respiración moribunda y observarte sólo observarte. No quería que acabase nunca.

 

Me prendo de los descansa brazos y cierro los ojos. Hay un sonido terrible y veo pasar mi vida en instantes o por lo menos es lo que me han enseñado las películas melosas que debería ver cuando hay situaciones complicadas como esta, en las que crees que no la libras, que te mueres. Te veo. Podría decirse en este momento que creo en las melosidades del cine y que he basado mi vida entera en dramas teatrales que concuerdan y llenan espacios vacíos.

 

Nunca te quise conocer del todo, fue un chispazo de suerte tener encendido el móvil esa mañana o mejor aún haber recibido un móvil como regalo unos días antes. En la mesita de noche la luz azulada precede al sonido vibrante, mi mano pierde poco tiempo para alcanzarlo y textear rápidamente.

Nos hicimos cómplices fácilmente de situaciones virtuales en los que ninguno de los dos existía.

 

Un sonido aturde y el piloto habla una vez más para dar algunas características de París, y decir que tardaremos en abandonar la nave.

 

 

Nunca quise terminar donde he terminado. Heme aquí sentado esperando que Teresa se acerque somnolienta a decir que coja mi maleta, que selle el pasaporte y corra a buscar tus brazos. Imagino por momentos de qué color es la pancarta que traerás, ensayo sobre si habrá flores y sobre todo si será conveniente que haga un halago de tu sonrisa, de tus piernas o que note tu corte nuevo de cabello ¡vaya! Que seamos cotidianos en una visita forzosa a tus tierras. Cierro un rato la libreta roja y pienso. Regreso y escribo un par de cosas que no debo olvidar, dar las gracias por los whiskys y entregarle mi tarjeta a la rubia del asiente 23F que podría ser en caso contrario a ti una buena anfitriona. En el auricular del oído derecho suena Roque Baños, nunca tuve buen oído izquierdo por eso cuando susurrabas pedía lo hicieras al bueno, tú te reías y entonces hablabas fuerte. No te imagino hablando francés, no sé si hablarte así o simplemente abrazar tu espalda.

 

El capitán en la bocina da la orden de salir, desea buena estancia y yo escucho una sentencia de muerte o peor aún mi propio réquiem. Nunca había visto el cielo de Pagui así. Como una maquina milimétrica y calculada choco con la rubia del 23. Levanto mi maleta de mano y dejo caer sobre el suelo un libro para que se sorprenda de que tenemos algo en común. Sí, Saramago he ensayado en todas las voces posibles durante las 16 horas y pico sentado, lo que sigue es decir que escribo y que vengo acá para morir, luego que sus ojos son de azul profundo que no hay en la Plata. Dejar salir el acento argentino y finalmente un estamos en contacto, me gustaría comer algo contigo, o comerte algo o comernos en una plaza o en un hotel o simplemente quedarnos impávidos desnudos mientras nuestros sexos se acarician en una danza erecta, tenue y chorreante. Nada cuaja. En París nada es sino una cosa extraña y ya me lo habías dicho tú.

 

La rubia sale de prisa pateando el libro a una esquina ingobernable. Sobre él, un tacón que atinadamente lo detiene susurrando y me parece ya patético que hasta la suciedad de esa suela merezca una línea en esta charla pero es que todo aquello que me impida abandonar esta nave merece un poco la pena. Me alargo para tomarlo y me sorprende la voz de Teresa de nuevo. Saramago, me gusta, nada como una lectura ligera y calmada para llegar a una selva como esta. Sonrío como imbécil y salgo casi corriendo por ese túnel que parece no acabar.

 

La luz en Europa es diferente, hasta yo parezco cambiar con los aires que rodearon a Cortazar. Nunca quise ir a ese lugar por lo mismo, me aterraba no encontrar magas. Por eso te invente lejos. Como novela, ensayo o aparición nocturna para dedicar poemas. Mi nombre escrito a máquina aparece en la primera hoja del librillo pasaporte y parece que el guardia no cree que haya venido de tan lejos.

Ché, que soy yo. Vamos flaco no te rompás y regresáme a la avión. Titubeo y mejor me callo el comentario. Las voces en el exterior se confunden con motores, música y al fondo estas tu. Una silueta desconsolada que se abalanza sobre mi cuerpo.

 

La mueca es chueca, como todo aquello que parece caerse en ese instante preciso. Me tomas de la mano. Te abrazo de nuevo.

 

Vamos a casa, tengo mucho que contarte, pero primero que nada dime que tal ha estado el vuelo, te ha gustado la comida. Air France se está volviendo cada vez más mierda. Odio los franceses ¿te ha hecho esperar? ¿Entendiste lo que te dijeron?¿Cómo está la Plata?

 

Un silencio y tu mirada encajada en mi rostro, en mi boca y sus cuerdas. Preferiría ser mudo para así tener pretexto y no contestar, o que los hielos del avión me hubiesen dejado afónico, tambaleo la lengua y sale algo de mí que no había planeado. Yo tampoco conozco el mar de aquí dices mientras se entreabre y cierra en un sinfín la puerta de embarque.

 

 

 

 

 

 

 

 

bac
Letras,

Carta Uno

El 2 de Julio de 2006 en medio de acusaciones de robo y con un margen menor al punto porcentual Felipe Calderón el candidato del partido en el poder en México ganaba la elección presidencial, derrotando así al de las izquierdas, Andrés López. El país en ese momento no imaginaba lo que se le venía encima.

Unos días atrás había sido exiliado o mejor dicho el destino me había orillado abandonar el pueblo, un terruño de apenas cien mil habitantes, siete templos, media docena de puentes viejos y campos que rodeaban las casitas descoloridas. La despedida fue cruel y llena de remordimientos. Nunca más estuve allí aún con mi regreso un año y medio después. Tú por esas fechas zarpaste a Europa con las pasiones del deporte, ella salía también con la promesa de un dios perdido en el norte del país. Nunca nos volvimos a encontrar.

Casi quince días después, el centro histórico de la capital había sido invadido por carpas de lado a lado, un paro nacional exigía el recuento, la segunda vuelta. Esa misma mañana envíe la primera carta, en un sobre lleno de dudas.

Nunca he podido rellenar espacios con direcciones correctas. Te escribía del triunfo de los tuyos, de los míos y de esos días en la ciudad del caos. De los jardines que ya no estaban y todas esas cosas nocturnas que me hubiesen gustado contarte. A veces me respondía el viento y en otras, casi la mayoría, me inventaba respuestas y tu risa inundaba el cuarto compartido.

El sobre color blanco iba custodiado por un Zapata o un Villa. Ojalá hubiesen sido unos Dorados.

Oraba, oraba mucho porque no llegara el día, no sé cuál pero no quería su arribo.

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Letras,

Macho

-Adopta un perro y ponle Macho – era la primer línea de su carta suicida que llego luego de un mes por correo aéreo a mi casa de la playa. Nunca supe del todo que había ocurrido en la Patagonia, sus funerales fueron privados y muy poca información pudo cruzar el Atlántico. No como esos vientos de los que hablaba, que siempre llegan a susurrarme algo.

Macho, camina como sintiendo ese peso, como si supiera que atado a su cuello va un muerto o dos. No se da prisa en oler cualquier arbusto, en revisarlo con exhaustiva paciencia. Encuentra a veces una roca, suerte de geólogo improvisado. La entierra de nuevo y seguimos por el malecón viendo como rompen las olas, viendo chocar las gotas en el suelo. Recuerdo que dijiste eran kamikazes, que éramos una tormenta y ahora estás esparcido en un lugar que no es tu tierra, estás seco y de esa agua, o de esta que es mi mar completo ya no te queda más que llegar convertido en vidrio, en arena o en alguna perla que Macho podrá comerse fácilmente . Entonces habrá que llevarlo al médico para que le saquen ese trozo de ti atorado en el intestino. Él sabe que eres tú…

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Letras,

Manual para la Revolución

Primero que nada debo sentenciar a la revolución cualquiera que esta sea como un acto equitativo en el que interviene -o por lo menos así debería de ser- el intelecto y la fuerza bruta, pues ninguna revolución puede denominarse pacífica, tranquila y amable. Hay que cortar de tajo los cimientos podridos de un engrane multifuncional que se desgarra.

 

La revolución no es mental ni efectiva si no tiene manos incandescentes, antorchas de fuego (poesía, metrallas, ráfagas de humo, letras invasoras, música estridente ó colores incomprendidos) que le permitan dar zarpazos como un tigre que ha permanecido en cautiverio y que se libera somnoliento con ganas de sangre.

 

Debes saber lector, también que no pretendemos enunciar los pasos a manera de instructivo ni como receta para liberar Libia, Egipto, Taiwán o tu casa misma. Son simplemente las notas de viaje al lejano Cuguejistán, que sumido en la avaricia armo al toro y emprendió la huída como si fuese un encierro, como si las aguas se tragaran entre sí y el fuego surgiera. Son de Cuguejistán, y no de otro sitio, y no de otros héroes y no de otras banderas.

La revolución es un síntoma que no se cura, se nace revolucionario y desde la cuna que por lo general debe acomodarse a diez metros –si no es que más- lejos de una ventana pues el neófito intentará ser kamikaze y abollar las banquetas hechas a medida para el gran régimen.

Se nace revuelto, con el cordón umbilical enredado en la garganta, pues el revolucionario es un suicida natural, un ser que a su media partición  apela al derecho de patear el vientre.

Se nace raso como soldado de la legión fantasma que sale siempre por el sexo sucio, el coño destripado, sangrante; desgarrado por los chorros de poesía que el feto le ha salivado. No importa el sexo. No importa el falo, ni la vulva, ni las manos, ni los ojos, ni siquiera saber si las ha heredado del abuelo –que murió en guerra defendiendo los tesoros de Cuguejistán y que bien cabe añadir, sólo para que se sepa fueron robados -.

Nace libre de pecado, sin mancha, sin cabeza dispuesta a la horca, sin Ganesh en plena huída –debo decirte lector, que el Ganesh de Cuguejistán, no es el que te estás imaginando, a menos que hallas leído los treinta tomos de la enciclopedia prohibida en el año ochenta, por su majestad, si no es así omite este breviario, pues sólo te incomoda la vista – el hijo nace revolucionario, revuelto, mezclado en un mar de salsas, boleros, mariachis, periódicos y mota, mucha hierba fumada que durante el coito tradicional se coloca en el miembro erecto y se frota hasta poner verde la vena más pura, la que viene directo del dedo medio y que baja entre las piernas colocándose a nudillos – más bien pequeños anillos – en la parte inferior del escroto Cuguejistaní. Los otros coitos son azares de la misma revolución.

La madre deberá tener cuidado al amamantar al nacido, pues sus pechos serán torres con las que el niño ensayara las estrategias libertarias. Si usted es madre, deberá dejar que sangre el pezón de vez en vez para que el revuelto se alimente de sangre, si es una nodriza con experiencia entonces cortara el pezón de una cabra y lo colocara como funda, engañándolo. Esto le servirá a quedar desde la cuna inconforme, hambriento, engañado…

Por otra parte, si el pecho de nodriza es joven, por lo general de alguna hermana del nacido, esta perderá el seno izquierdo, comido a trozos y en su lugar nacerán flores en los meses de la lluvia –estas mujeres, son las más buscadas en los casamientos -.

Al primer año del nacido, deberá asignarle un nombre, Epicuro, Parménides, Esclótico, Maximiliano, Doroteo, o alguno que le venga bien después de calcular en su rostro la medida exacta del arco nasal – esto lleva las familias tres años más, así que para cuando el nombre haya sido elegido en nacido tendrá cuatro años que en Cuguejistán pasan de prisa, a esta edad le denominarán el crio, valiéndose de frases como: “el crio se ha trepado al árbol y le ha saltado al puesto de chintas” ó “el crio se ha comprado un rifle”-.

Las revoluciones implican, por supuesto: cambio, que podría definirse por lo menos en Cuguejistán de dos formas, -visto quizás por sus ojos, podrían parecer un millar, ó quizás ninguna – la primera obedece al sol de la región y que con el que según la tradición milenaria se establecieron los límites políticos del país, -cabe señalar pues que en el día nueve de la llegada de Ganesh, del que no hemos hablado y del que preferiría reservarme por el momento la historia, se estableció en el desierto un sol único que opaco a los otros cinco  y quemando los trigales marco lentamente y por un siglo completo el límite de la ciudad, al salir las personas se incendiaban como castigo por abandonar las calles que los precedían.

Pero me he desviado entonces, de la revolución y sus formas y no tendría sentido contar pues mis anécdotas de viaje en las tierras áridas de las que guardo historias susurradas por el desierto en las noches más frías que he tenido el placer de sobrevivir, con miradas de coyotes casi saboreándome el tuétano, casi desgarrando las ropas, que bien estaría decirlo son hechas de la misma piel de esos animales, quizás pensaban que el pelaje era de alguno de sus familiares, su madre por ejemplo que lo habría amamantado desde chico y al destete como sucede en Cuguejistán con los coyotes, este le aulló hasta quedar dormido y entonces la madre desapareció entre neblinas, las mismas que esa noche fría los traían de vuelta, podría contarles del regreso y de cómo la carne de coyote Cuguejistaní no sabe a nada. Pero estaría perdiendo el tiempo y las vitales que tiene usted para saber cómo organizar su propia revolución.

Le decía pues, de la forma revolucionaria que en primera instancia inicia con un grito, uno que nace muy en el fondo, muy de la voz profunda, del pulmón derecho y se esconde debajo de la lengua y que como púa, asesina el aire. Esta forma, la más primitiva; aglomera multitudes en plazas, – he aquí que se debe observar, el grito multitudinario exigente – y que es en todo caso la primera reacción del crío revolucionario es el detonante de las otras muchas manifestaciones.

La segunda forma revolucionaria es aquella que le nace al crío de los padres, generalmente poetas, gente de campo, pintores o músicos. El devenir artístico del revolucionario debe aceptarse tal cual, sin poner esquemas ni paredes que escondan lo que el cielo le ha ceñido y que por derecho, no sé si decir divino ó no, se le confiere. El crío de padres artistas, nacerá muy diferente que los otros, brotará de un sexo puro, acariciado por divinidades que acudirán al parto. Vera la luz reflejada en paredes de un hospital público, de una sala quirúrgica que le sentenciara, y  a la que ha de volver como moribundo. El revuelto nacerá con los ojos cerrados y mientras duerme podrá ver las montañas de Cuguejistán abatidas por el hambre, horrorizadas por la violencia  y en pie de lucha, esperándolo, esperándolo…

Ahora bien, existe una tercera posibilidad de nacer insurgente, de ser revolucionario y no consiste en el nacimiento si no en los segundos después del parto en el que motivada por los bombardeos aéreos, la madre se arranca el cordón umbilical de tajo y emprende huída, dejando rastro de sangre, un rastro que huele, como se dice en Cuguejistán a desierto muerto, que no es más que la mezcla de la tierra del andante y la sangre del neonato. Una vez en la intemperie, la madre tomará su propia sangre y bautizará al crío antes de ser capturada en un acto de ternura que solo podrá ser observado por los buitres que la rondan circulantes. El niño no hará ruido, no llorará aún siendo arrebatado por la fuerza de la muerte de los brazos cálidos de la mujer que yacerá como carnada, esos críos si bien fuertes de arena y con venas ensoladas les tocara el destino de ser educados como a normales, con los preceptos religiosos de veneración.